sábado, 16 de julio de 2011

Hanoi, el gran bazar

Hanoi, 6:00. Después de dormir nueve horas nos despertamos nuevos. La "tenia" de Javi tiene hambre. Desde la cristalera del restaurante en la última planta vemos como una florista en bicicleta vende sus primeros ramilletes de rosa en la acera. El gran bazar está en marcha.

Cuando salimos a la calle nos reencontramos con el mismo caos ordenado de anoche: motos, bicicletas, motos, coches, motos, motocicletas, motocarros, hombres, mujeres, niños, ancianas, familias enteras sobre una moto... en cualquier dirección y sentido. La sucesión de restaurantes que había al lado de un gran mercado ha desaparecido y esta mañana es un parquing de motos!. Todo el mundo conduce, todo el mundo lleva casco y chanclas. Una niña pequeña que va entre las que parecen su madre y su hermana mayor, pierde una clancleta en un cruce de cinco calles sin semáforos. La moto se para enmedio del cruce y la hermana (¿unos nueve años?) se baja de la moto y retrocede. La multitud de vehículos de dos y cuatro ruedas le pasan por todos lados hasta que la recupera y regresa con su madre. Nadie se inmuta. El claxon se usa constantemente para avisar a la gente o vehículos que están de espaldas si los van a adelantar o van a pasar rozando o si tu carga no te permite frenar sin mucha antelación, para que no se te ocurra cambiar de dirección o detenerse o todo lo contrario. El movimiento está calculado. Y hay que colaborar.


La gente vive (vende, cocina, compra, reposa, se corta el pelo, come en familia, frega los platos) y aparca en las aceras, asi que los desplazamientos motorizados y peatonales se hacen por la calzada. En la calle que va de nuestro hotel al lago Hoàn-Kiém -centro del centro de la ciudad donde se pesca, se toma "la fresca" o se hace ejercicio al anochecer- se vende sobretodo ropa en una sucesión infinita de pequeñas tiendas. Las hay de vestidos o pijamas, de corbatas o de trajes a medida, de camisetas o de niño pequeño, todas las marcas, todas las imitaciones, para todos los gustos y de todos los colores, desde lo más clásico a lo más hortera. Por delante de una pequeña tienda de zapatos pasa un vendedor ambulante de carne, una dependienta lo para, examina la carne y elige el trozo que quiere. El vendedor corta el trozo allí mismo, sobre la cesta de mimbre acuclillado en la acera y se la da en una bolsa de plástico. La mujer saca un fajo de billetes enorme y le paga, el vendedor ambulante saca otro fajo y le devuelve el cambio. Lo que yo agradezco que a las cosas le pongan un precio y no les guste jugar al juego del regateo, porque personalmente es un juego que no me gusta nada, nada. La mayoría saben tanto inglés como yo al menos, y si no lo saben, primero sacan su fajo de billetes y te enseñan lo que tienes que darles por tres postales o por un kilo de fruta. Así de fácil y con una sonrisa. Si te interesa bien, sino te interesa, también. Nadie te insiste, ni siquiera los ciclomotortaxistas!.


Parece que las calles están especializadas por artículos: la de los muebles, las de las gafas de sol, cinturones y bolsas, el chaflán de las frutas o de las flores, el de la carne cruda o viva (gallinas y palomas en jaulas, peces en cubos), el de los peluqueros y barberos al aire libre, las calles de touroperadores e incluso la de placas y urnas funerarias. Las aceras no son para andar, son para tomarlas. En ellas se aparcan las motos o se saca la tienda para su exposición. También se cocina y, a mediodía, la familia entera de propietarios, empleados y familiares aparece como por arte de magia y desde la abuela hasta los nietos se sientan en unos taburetes de plástico pequeños y van comiendo sopas, fideos, verduras o pollo hervido. También hay cocinas ambulantes que ocupan un trozo de acera, extienden sus propios taburetes y van dando de comer a dos palmos del suelo a todo el que lo pide y paga. Otros venden zumo de caña de azucar o una especie de garbanzo germinado al peso.

Cruzar cualquier calle es una locura. Desde el punto de vista occidental no cruzarías nunca porque el tráfico es un continuo sin pausa, nadie para aunque haya un paso de peatones (ni siquiera donde hay semáforo) ni se respeta estrictamente el sentido de la calle, así que hay vehículos en cualquier dirección: se va por donde hay sitio. El truco parece consistir en buscar el mejor hueco entre una éstampida de vehículos y otra, echar a andar dejándo que te vean bien y no cambiar por nada del mundo ni el ritmo ni la dirección salvo que te piten. Como en el cuento de M. Ende, ser una Momo más guiada por la tortuga. Unos te pasan por la derecha, los otros por la izquierda, algunos por delante y otros por detrás, con aquel que te pita ralentizas un poco la marcha y ¡zas!, increible, pero ya estás al otro lado de la calzada.


Callejear, eso es lo que hemos hecho hoy, callejear mucho. Hemos ido a comprar las entradas de las Marionetas del agua, calle abajo hasta el lago. Como teníamos seis horas por delante nos hemos ido andando hasta otro lago, éste mucho más grande, el Hò Tây. Hemos visitado la pequeña pagoda Chùa Trấn Quốc. De camino al mausoleo y museo a Ho Chi Min hemos reposado nuestros sudores en un café a la sombra con wifi libre (el facebook lo tendrán censurado pero casi todos los garitos te ofrecen wifi además de unas toallitas sacadas de la nevera para que te refresques). Javi ha disfrutado del iPad y de la prensa española. El museo parece que hoy estaba cerrado, ya ves que pena más grande, así hemos visitado la pagoda Chùa Mật.

Como nos quedaban más de tres horas hemos regresado al hotel tras parar en varias ocasiones para comprobar en el plano quién tenía razón y al final tras dar un pequeño rodeo por mi culpa hemos pasado por delante de la puerta sin percatarnos (agotados y algo desorientados). Ducha, lectura y otra vez calle abajo por el caos de tiendas de ropa (que huele mejor que la de pollo aunque tenga más tráfico). Por el camino hemos parado en un restaurante con aire acondicionado que servía unas hamburguesas mediocres pero un café bombón riquísmo y Javi, otra vez a buscar información y recuperar aplicaciones que se perdieron en el formateo de la mañana en la que partimos. De paso, ha vuelto a echar otra ojeada a la prensa mientras yo le echaba ojeadas a la calle.


El espectáculo de marionetas ha merecido la pena. Nos ha tocado en primera fila, la música en vivo ha sido genial. Un instrumento en particular me ha fascinado: el Dan Bau.  Me hubiera encantado verlo rodeada de vietnamitas que entendieran lo que decían los actores ocultos o las cantantes y se rieran a carcajadas de los papeles cómicos en lugar de guiris (algún grupo de españoles incluido) que como yo no entendían ni papa y no les quedaba más opción que flipar con el espectáculo e ir aplaudiendo en los breves entreactos oscuros y silenciosos.

Pero lo que de verdad ha merecido la pena es volver a subir la calle (tráfico, ropa, ruido) a las seis de la tarde y salir a las ocho y media y ver cómo se había trasformado en un bazar aún mayor. Parecía que no cabía más gente ni más tenderetes, pues sí, cabía aún más gente y más vendedores! En el centro de una con tanto tráfico han aparecido un montón de tenderetes y la calle se ha hecho completamente peatonal. Una marea de vietnamitas subiendo y bajando, mirando y comprando, paseando con amigos o amigas, con los novios o novias, en pareja o con los hijos pequeños, con la abuela... ¡Una marea en viernes por la tarde noche!! Y los guiris, nosotros incluidos, flipando en la corriente.


Por cierto el parking de motos volvía a ser una sucesión de restaurantes y tras el fracaso de la hamburguesa hemos vuelto a los fideos con verduras y lo que parecen trozos de molleja de paloma o gallina pequeña. Riquísimo.

1 comentario:

  1. Genial este post, me acabo de acordar de que ya estaríais por ahí y he entrado a ver si habíais publicado algo :) Iré siguiendo vuestro blog, tiene muy buena pinta :)

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